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En su sitio web, La Nueva recordó la historia de Jorge Raúl Alegría (Fallecido el año pasado), quien abrió una farmacia en los 50 en la vecina localidad, en una época en que no había médicos ni enfermeros. Alegría, es recordado como un sanador ya que con su título de Auxiliar Nacional de Farmacia se convirtió en una de las figuras esenciales de un pueblo en el que en la década del 50 aún no había médicos ni enfermeros. (Fuente: lanueva.com)

   Tal como dejó escrito en su libro Mis Vivencias, esta época estuvo marcada por avances y retrocesos, por luchas cotidianas de personajes anónimos que buscaban formar una identidad local y mejorar la calidad de vida de los habitantes.

“Pensar que cuando llegué en la década del 50, no había luz eléctrica. Por las noches viejas lámparas a mecha y kerosene alumbraban con luz mortecina. Luego llegaron los faroles. Las calles eran de tierra, sin cordón cuneta. No había médicos ni enfermero, solamente algún curandero que con sus yerbas y tradiciones llevaba alivio a los enfermos animados por la fe”, expresó en su libro.

  Eran años en que no había tendido eléctrico –los vecinos se iluminaban con lámparas a kerosene- ni gas natural. Tampoco había agua corriente y las calles eran de tierra sin cordón cuneta. Salvo el viejo Chevrolet del señor Tomasi, que Alegría menciona en sus relatos, el resto eran de tracción a sangre.

   Las distancias a recorrer eran grandes para quienes necesitaban ver a un médico, por eso, muchas veces, los vecinos lo consultaban con desesperación. Él, siempre presto, intentaba aliviar dolores o atender urgencias.

“Recuerdo la hospitalidad de la familia Cuarteros. Sin duda había muchas falencias, pero también se contaba con una invalorable ventaja: un grupo humano que amaba su tierra, la trabajaba, la regaba con su sudor y ésta respondía a su entrega produciendo cosechas admirables”, señaló en su obra.

   “Alfredo Macari, quien abría frentes de progreso con vigorosos impulsos renovados y Los Mujica, los Velasquez, frente a sus quintas lideraban siembras y cosecha ricas y variadas. Pedro Arvizu en el INTA. Acquaviva en la estancia San Adolfo, a cargo del campo experimental de la Universidad Nacional del Sur.

   Alegría recordó y compartió como era aquel pueblo cuando él llegó, resaltando los nombres de quienes con entusiasmo y esfuerzo fueron el motor de los cambios.

“En las cuatro manzanas de tierra, los hermanos Lezcano, el “chueco” Álvarez, Constantín, piloteaban negocios de Ramos Generales. La familia Timi con su negocio y su surtidor en la gran esquina, complementaba los servicios de la estación de servicio de Payela. Caminos atendía el correo. En frente, en la otra gran esquina: la panadería, dominios de Farré, uno de los primeros habitantes, quien había construido un local de farmacia, al lado, para su hija”, recordó.

   “Con el tiempo, a mi llegada, la reemplacé en ese mismo lugar. Don Mayer con su bar alojamiento y Payarol, Don Baba el carnicero. Neubauer con la parada de colectivos y casa de comidas. Burgos con su verdulería, Bucowsky, Moreno jefe de la estación de ferrocarril y tantos otros!”.

previa formación en La Universidad Nacional de la Plata, supo asistir a una población que mancomunada, trabajaba en una época de siembra, cuando sin duda la vida era más simple.

   Sus hijas lo recordaron con estas palabras: “Naturalmente empático con el sufrimiento ajeno, supo irradiar, aún desde la incomodidad y las dificultades, un marco de contención imborrable en la memoria, fiel testigo de su generosa entrega, esmerada, silenciosa”.

   “Al cumplirse un año de su partida de este plano, el recuerdo permanente y el homenaje a través de uno de sus cuentos, en el que espeja parte de la actualidad de este mundo tan complejo, en el que la naturaleza pareciera tomar un rol protagónico en su acción reiterativa de volver a ubicar al hombre en su centro”, dijeron.      

   Allí, el autor hizo hincapié en la fuerza arrolladora de la naturaleza que lo obliga a replantearse sus vínculos con la Madre Tierra, algo tan pertinente en los tiempos que corren.

   Relato de Jorge Raúl Alegría: “El día en que todo se trastocó”.

   La mañana estaba espléndida. Los rayos de sol resbalaban en la alfombra verde, jugueteaban con las copas de las alamedas, y caían verticales, iluminando los techos desparejos y grisáceos por la sal.

   Nada presagiaba una catástrofe. Sólo los perros, aparentemente dotados de un sentido especial, se mostraban nerviosos, atemorizados y buscaban refugio en las enramadas.

   Repentinamente, comenzó a escucharse un extraño ruido. Profundamente grave al principio, se extendió luego con roncos matices disonantes y en apenas segundos, aumentó su intensidad para transformarse rápidamente, en un rugido eternamente prolongado.

  Sorprendida, la gente inmovilizada, elevaba la mirada interrogante hacia el cielo. Y, sin encontrar respuesta, enmudecía. La piel, fuertemente castigada por la arena y el polvo hiriente en las pupilas, reforzaban a cada instante, el interés por resistir.

   Con la visión borrosa, ya la intención sólo era poder comenzar a correr estupefactos. Toda la ira de la naturaleza y sus demonios se había desatado con furia loca. La paz de la mañana se había trastocado en caos. La fuerza del viento, había comenzado a destrozar todo lo que se oponía a su paso.

   Por las mirillas se presenciaba un cuadro dantesco. Se veían pasar arrastrados toda clase de objetos. Cartones, chapas, bolsas, ramas, también patos y gallinas… Un perro de mediano peso volaba a varios metros de altura. Un automóvil sin conductor pasó a rauda marcha, hasta quedar encajado en una cuneta a cincuenta metros.

   Los árboles comenzaron a inclinarse, hasta terminar varios, arrancados de cuajo.

   La embestida, había dejado innumerables daños. Las pérdidas materiales se podían reponer, las humanas… esas pérdidas eran irremediables. Y aunque muchos pobres o ignorantes trabajasen juntos y para sus seres queridos, quizás con más sentimiento que muchos poderosos, la vida de unos y otros cobraría el mismo valor ante la desgracia.