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Aunque en su documento figuraba otro fecha (22-11),el siempre recordado Padre Pablo estaría cumpliendo años en este día. Nacido en el año 1928 hijo de Juana y de Melchor Emilio, inmigrantes del norte de Italia, su gusto por estar entre los chicos hizo que adquiriera una amplia capacitación docente que se inició con el título de Maestro Normal Nacional, otorgado por la Escuela Normal Mixta de Bahía Blanca y cursada en el instituto adscripto Don Bosco de Fortín Mercedes, lugar al que llego cuando tenía 9 años y donde vivió casi toda vida, hasta sus últimos días.

Las Palabras de la docente Laura Balogh

“P.Pablo cumpliria 92 . No dudo que con su avanzado pensamiento , con su capacidad de conocer las profundidades del corazón humano, hubiera tenido muchas cosas para decirnos e iluminar este tiempo.  Celebremos  su cumple a través de un relato que hace varios, varios días envió Pablo Gonzalez ( ya casi un escritor oficial)”.          

Es un relato sobre una de las aventuras más recordadas por ex alumnos, exploradores y muchos que lo conocieron. Hoy tal vez, estaría fuera de contexto. Los tiempos cambian, los seres evolucionan . P.Pablo lo sabía muy bien y seguro para esta época tendría otras aventuras para proponer. Pero LAS VIZCACHADAS fueron y serán parte de la historia y de los recuerdos que evoca mencionar al querido P.Pablo. No se pueden entender insisto, con la mirada ecológica actual, pero para los que participamos alguna vez o escuchamos verdaderas “elegías” de esos hechos, la mirada estaba puesta en la preparación, en lo previo, en la mística del momento, en el cuidado del equilibrio ( las prichonas no se tocan, las crías son sagradas…lo escuché decir) Y lo que se obtenía,  jamas se desperdiciaba. Era usada para los pibes, los pupilos, en un escabeche o algo asi… Acá va  el texto. Solo morimos cuando nos cubre el olvido. Padre Pablo estas presente siempre.

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RELATO HOMENAJE DE PABLITO GONZALEZ AL PADRE PABLO, EN EL DIA DE SU CUMPLEAÑOS:

LA VIZCACHEADA

Hasta los años 70 no hacía falta ir muy lejos a buscar “Vizcacheras” relativamente fáciles y asequibles para utilizar el sistema de captura preponderantemente mediante el anegamiento de las cuevas, sacando agua de algún canal, acequia o desagüe mediante la utilización de bombeo.

Tras la campaña (feroz) para combatir la vizcacha, declarada plaga nacional, mediante el uso de pastillas de azufre, por el bombeo de gas sulfúrico, se corrió hacia otros destinos más lejanos de Fortín a buscarlas.

La preparación:

Desde meses antes se estudiaba el lugar, recorriendo los campos, charlando con los encargados para ver las posibilidades de captura, se averiguaban las perspectivas de utilización del agua, el declive del terreno y el eventual uso de una bomba (entre 6/8 pulgadas) según la dimensión del perímetro “vizcacheril” (léase zona de cacería)

Se requería de los correspondientes permisos del dueño o administrador del campo y la posible colaboración del mismo o de alguno de sus peones que solían hacerlo con mucho gusto, poniendo un tractor, zanjadora, etc.

Luego (mediante el uso de palas) se hacían las terminaciones, repaso y refuerzo de las canaletas hasta la boca elegida como entrada del agua.

Mientras tanto se iba creando el clima favorable con los chicos/alumnos para entusiasmar en la aventura, subiendo la temperatura y agigantando el evento. Vaya si nos entusiasmábamos.

En los días previos los más grandecitos solían ir a utilizar detalles para controlar si el agua corría, en una obra de ingeniería a pulso.

Otro grupo se dedicaba a la sección “armería” Fortinense preparando los clásicos garrotes (de tamarisco con una cabeza contundente producto del corte especial ) que daban plena contundencia al golpe, teniendo en cuenta la anatomía del vizcachón.

Allí tallaba el experto vizcachero: el Padre Pablo Dell Agnollo, ese era su mundo.

Controlaba los mínimos detalles indicando donde se reforzaba la acequia, si quedaban vizcacheras fuera de “teatro de operaciones” o zona de combate.

Era una obra de ingeniería que el Padre Pablo quien sin teodolitos ni rayos laser establecía con precisión los declives y el nivel que alcanzaría el agua a lo largo de su recorrido considerando (también) el tipo de terreno: arcilloso o arenoso, dado que ello implica la cantidad de agua o los eventuales desmoronamientos de las madrigueras.

La vizcachada:

Puesto todo a punto por el maestro Vizcachero, Salesiano de pura cepa, mitad gaucho, mitad ángel, nos encomendábamos al cielo rogando no se arruine la salida con una lluvia.

El entusiasmo desbordaba mientras íbamos, a caja descubierta, en el camión conducido por Don Francisco Wagner, el Padre Patrono o Don Cacho Abdala, según quién estuviera al mando de la flota.

Con su boina negra el genial P.Pablo nos alentaba para contestar (por un caramelo duro) las adivinanzas: “empieza con A y termina con L…”

Una vez llegado al lugar de la cacería cada uno tomaba su garrote para colaborar en la última inspección: en los 100 mts a la redonda constatar que no hubiera cuevas sin tapar,  para evitar dar escape fuera de la línea de fuego.

Siguiendo expresas instrucciones ese grupo (a esta altura totalmente desbordado de ansiedad) se ubicaba en círculo a una distancia no menor a 5/6 mts. de las bocas, dando entrada al agua sobre la vizcachera que, previamente, había sido tapada.

Las tareas se iban definiendo: algunos controlaban el recorrido del agua, el nivel de la misma, las filtraciones y eventuales rupturas de las canaletas para asegurar que fluya el líquido mágico: hacía que esos bichos nocturnos salgan a plena luz del sol.

Allí los más impacientes trataban de apurar el paso del agua, para forzar el desenlace,  usando los garrotes como remos.

El tránsito interno del agua dentro de la vizcachera era lento y tardaban en asomar las primeras cabezas, bigotes y dientes (en ese orden). Allí la carrera era frenética, saliendo por donde menos barullo había. Pasó que algún vizcachón tempranero nos sorprendía con los garrotes bajos y se escabullía por unos pajonales, salvando así (por esta única vez) su pellejo.

Los gritos se multiplicaban “le pegué, le pegué” “cuidado” “como le pasé”. La pila de captura de vizcachas se iba armando al costado del camión, con un rematador designado para las que, aún con vida, estaban boqueando.

Las más chicas, últimas en salir y menos peligrosas en sus dentadas, eran atrapadas vivas para llevarlas y cuidarlas un tiempo. Asi aprendíamos el valor de la libertad cuando ya crecidas las soltábamos.

Para la emergencia, por falta de nivel de agua y como si fuera un experto partero, el Padre Pablo (haciendo gala de su pericia)  hacía un pozo, introducía su mano y sacaba del lomo, para evitar tarascones,  las últimas piezas vivas.

Cayendo la tarde, casi como corsarios de los confines de la Pampa, tomábamos el botín, cortábamos el agua, acomodábamos las zanjas, subíamos al camión cantando los clásicos “Cae la nieve”, “Patagonia” y el infaltable “Quiero llegar”, minutos antes de entrar en la recta final mirando el Santuario.

Allí venía el turno de los expertos “cuereadores” quienes con destreza separaban la carne blanca para el famoso escabeche. Todo para la cocina.

Así, con poco, éramos inmensamente felices. Otros tiempos, otras historias que hoy nos toca recordar. Un  camión, una acequia, un garrote y las ganas de cazar algo. Un mate cocido, canciones y un maestro “Vizcachero” dando clase.

Pegados a ese verdadero maestro, a su misma altura, un grupo de Salesianos que nos dieron todo. No se guardaron nada. Hoy los recordamos a los que se fueron y a los que están. Viva Fortín. Viva Don Bosco. Pablo Joaquín González. Fortinero 78/79 (realizado sobre un relato del Padre Isidoro Adami, SDB)