“Cabecitas negras”: quiénes son y cómo trabajan los recolectores de cebolla

“Cabecitas negras”: quiénes son y cómo trabajan los recolectores de cebolla

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Esta crónica redactada por el Periodista Maximiliano Buss, ganó la Beca Carlos Pagni 2018 de la Universidad Torcuato Di Tella. El jurado que la eligió estuvo integrado por los periodistas Carlos Pagni, Gail Scriven, Carlos Reymundo Roberts, Diego Cabot, Héctor Guyot y la profesora Karina Galperín. El periodista de Pedro Luro que actualmente se desempeña en La Nación, compartió un día completo con una cuadrilla de cebolleros, recogiendo testimonios y viviendo en carne propia lo sacrificado de esta labor.

El plan de Severo es simple. Parado al costado de la puerta del colectivo, saludará uno por uno a los encapuchados, los ayudará a subir y esperará a que los treinta asientos se completen.

Es sábado y son las cinco y media de la madrugada. Con un frío que dan ganas de abrazar el motordel viejo Mercedes Benz, los encapuchados avanzan en grupos desordenados por el barrio desierto.

Unos aparecen de la izquierda, otros de la derecha, unos pocos salen de atrás. Todos cargan un balde de plástico de veinte litros que alguna vez tuvieron aceite lubricante para tractor. Desde lejos parecen que son todos hombres, pero cuando los faroles del colectivo los encandilan de frente, las caras de dos o tres mujeres se asoman por encima de los cuellitos de manta polar.

Severo tiene poco más de cuarenta años, nació en Sucre, Bolivia, y es uno de los sesenta cuadrilleros que reclutan jornaleros en Pedro Luro, un pueblo escondido a ochocientos kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, en el extremo sur de la provincia y en medio del valle del Río Colorado.

Cada año aquí se cosecha la mitad de la cebolla que se consume en la Argentina y más del ochenta por ciento que se exporta al mundo. Por eso, cuando la zafra tiene un año malo, toda la actividad económica de la región se paraliza. Los productores paran de invertir, los comercios dejan de vender, los contadores dejan de facturar.

—Este es uno de esos años fieros. La bolsa de cebolla está cien pesos, por más que digan lo que digan, no vale una mierda. Los productores la quieren aguantar para especular con el precio y muchos changos están desesperados por salir a laburar —explica Severo. Y es por eso que esta madrugada su colectivo se llena en menos de cuarenta minutos.

En el pueblo las cuadrillas siempre van cargadas porque solo salen cuando están cargadas. No vale la pena meterse al barro con menos de una docena de jornaleros arriba. Hoy son treinta y cuatro, y  van a un campo a once kilómetros, pasando el puente negro que pone el límite entre el distrito de Villarino y el de Patagones.

—¡Vamos muchachos! —dice Severo, y cierra con fuerza la puerta desgastada del colectivo.

El camión, como le dicen acá adentro, salta sin piedad por las calles de tierra del pueblo. Avanza cuatro cuadras, dobla a la derecha, sigue otras tres, gira a la izquierda, cruza una vía y llega hasta “el centro”. No quedan muchos metros más antes de que se termine el pueblo, y sin que nadie lo espere, una frenada del colectivo despabila a los encapuchados y les hace cabecear el respaldar.

Primera parada.

—¡Panadería! Tienen cinco minutos y los quiero a todos arriba —dice Severo. Y todos, menos una pareja que sigue tapada con las cobijas, bajan a comprar lo que van a comer cuando llegue el mediodía.

La panadería está abierta desde las cuatro y la atienden dos empleados que corren de un lado al otro del mostrador que los separa de un salón apelmazado de campesinos que piden mortadela y queso en fetas, pan redondito para preparar sánguches, algún jugo de fruta o una gaseosa cola de tres litros.

—En total, cada uno gasta alrededor de ciento veinte pesos. Si a lo largo de una madrugada atiendo a dos cuadrillas, cierro las persianas a las seis de la mañana con 5000 pesos en mi caja registradora. Eso para nosotros es una diferencia grande, más ahora que las tarifas de los servicios y las mercaderías aumentaron muchísimo —comenta la dueña del local.

Ya son las seis y media. Los cinco minutos se hicieron veinte. Severo se cansa y abre la puerta del local. —¡Rápido que nos vamos! —le dice a los dos o tres que faltan, mientras les toca la espalda  y los empuja hasta la vereda.

***

En la radio local, entre zambas santiagueñas, caporales bolivianos y alguna que otra cumbia santafesina, la locutora anuncia un día cálido por la tarde, con un cielo sin nubes y con mucho viento.

La puerta se vuelve a cerrar, el colectivo encara la ruta y los focos amarillentos del techo se apagan. El traqueteo del motor deja en silencio los ronquidos, los bostezos y los ruidos de esos estómagos en ayuno. Cada tanto, algún encapuchado mal sentado se cae entre los baldes. Los asientos de cuero desgastado no tienen apoyabrazos ni son lo suficientemente mullidos como para mantener un cuerpo en su lugar.

Ocho kilómetros después, el conductor toma una curva, sale de la ruta y se mete por una huella arenosa y de toscas hirientes. El colectivo se mueve de un lado al otro entre dos hileras de tamariscos. Al fondo, una tranquera de madera y alambres retorcidos marca el final del viaje.

El colectivo se para al borde de un desagüe, al costado de dos pilas de cebollas arrancadas de la tierra y tapadas con nylon negro.

—Creo que son estas. Sí, son estas. De acá tenemos que juntar unas 1700 bolsas para que el día nos rinda —comenta Severo, y se baja con una linterna para revisar si la cebolla es muy chica o está podrida.

En el valle, todos los años se siembran unas 10.000 hectáreas de de cebolla, pero se cosechan 8000. Esa diferencia se explica por los niveles de podredumbre en algunos lotes. Pero este está sano.

Desde abajo, Severo prende y apaga la luz de la linterna y de a poco van bajando los encapuchados con sus baldes. Llevan la comida, pero también un gancho para arrastrar las cebollas, una cuchillita gastada para limpiarle la raíz y guantes para no tajearse los dedos.

—Bueno, la manchada sí, la blandita no —es lo único que indica. El resto ya saben cómo hacerlo.

Todavía no amanece y la escarcha que se juntó sobre la tierra arada penetra los borcegos y quema las plantas de los pies. Los encapuchados dejan los baldes en el suelo y van de a grupos a juntar un montón de pasto seco, lo amontonan al costado de las pilas de cebolla, lo pisotean un poco y lo prenden un fuego. No piensan arrancar hasta que amanezca. Y ese será su único permitido.

***

La vida de Herminda es predecible, como la de muchas de mujeres bolivianas que nacieron en la miseria y probablemente así esperarán la muerte. Hace casi un año llegó a la zona con una amiga de Ciudad del Este que le insistía con que estaba linda la cebolla y que se ganaba bien. Herminda cuenta que le hubiera gustado ser maestra, pero cuando cumplió quince años tuvo que dejar la escuela para salir a trabajar.

—Ahicíto cuidaba chicos y limpiaba las casa. Lo que ganaba en mes, acá lo hago en una semana, pero allá las cosas son más baratas, así que estoy en la misma. Este trabajo es desgastante y sufro mucho, pues aquí ahorita hace mucho frío y yo no estoy acostumbrada. Ni bien junte un poco de plata quiero volver porque allá tengo a mis hijos. Tengo tres —dice la mujer de cuarenta y ocho años, una de las primeras en tirar una bolsa de arpillera al suelo para empezar a descolar.

Santos  tiene las manos llenas de costra, con callos como piedras, dedos petrificados y uñas pálidas. A esas manos le debe sus logros. Santos tuvo que escapar de Oviedo porque el hambre era insoportable. Llegó solo, cuando apenas tenía doce años. Lejos de sus padres y sus siete hermanos, cuenta que “enseguidita” se echó de panza al piso para descolar. Hoy tiene treinta y dos años, un rancho que él mismo levantó, cuatro hijos y la ilusión de que puedan seguir estudiando.

—El más grande tiene ocho. Ese es medio vago. Seguro que en dos o tres años más lo traiga conmigo para que aprenda lo que es laburar, viste. No me gusta que se la pase tonteando.

Elías tiene veintidós años y a diferencia del hijo de Santos, a él no le quedó otra que dejar la secundaria en séptimo grado cuando sus padres murieron. Dice que son cosas de la vida.

—Mi mamá se enfermó de cáncer y mi papá se ahogó en un desagüe cuando salió en pedo de un boliche. Yo tenía un buen promedio en la escuela y me hubiese gustado estudiar medicina. Pero no tuve otra que hacerme cargo de mi hermano más chico. Nos quedamos solos. Tenía que comprar para comer y pagar las boletas que nos seguían tirando por debajo de la puerta —cuenta.

***

El fin de la descolada marca el mediodía. Mientras los jornaleros comen un sánguche y toman cola Manaos del pico, Severo recorre los montones de cebolla y controla que estén listos para embolsar.

El chango más baqueano pasó por su cuchilla cerca de treinta y cinco cebollas por cada minuto que estuvo arrodillado. El más novato, unas diez. Pero nadie perdió tiempo. En cuatro horas solo dos o tres changos enderezaron las rodillas, le dieron la espalda al viento, se bajaron el cierre del pantalón e hicieron lo que ya no podían aguantar más.

—No pueden boludear porque en el invierno oscurece enseguida —comenta Severo, parado sobre una alfombra de cáscaras secas.

Herminda, Santos, Elías y el resto de los changos se vuelven a arrodillar, se ponen las bolsas naranjas entre las piernas y empiezan a meter de a montones. Se paran, tantean, rellenan y cosen.

—¡Esto va como pedo! —dicen. Y tienen razón. En menos de cuatro horas, esas cebollas sucias llenas de pasto con las que se encontraron a la madrugada, lucen brillantes y apelmazadas dentro de unos sacos de red.

Severo se pasea de un lado al otro, cuenta las bolsas que hizo cada uno y anota un cuaderno negro.

“Savado: 1734 total”, escribe en el primer renglón de la hoja de hoy, y abajo pone cuánto hizo cada jornalero.

El comprador de este lote le pagará cien pesos por bolsa. Él se quedará con el cinco por ciento, le dará el veinte al chango y con el resto pagará los insumos para el embalaje, la carga y el flete hasta el mercado central.

—Conmigo pueden hacer ochocientos mangos en un día, más o menos. Esta temporada soy el que más ofrece. Pero nadie los obliga a subirse a mi colectivo. Si quieren pueden buscar a otro —dice.

—Muchos creen que los cuadrilleros explotan a los recolectores de cebolla…

—Es mentira.

—Pero si trabajan medio día en negro, sin aportes ni cobertura de salud, ¿no están siendo

explotados?

—Ellos trabajan en el campo muchas horas porque quieren. La zafra dura solo cuatro meses y tienen que lograr que el sueldo les rinda todo el año. Y por eso muchos vienen con sus hijos.

—Eso es trabajo infantil…

—Llevar a nuestros hijos al trabajo forma parte de nuestra cultura. Yo no subo nenes de ocho o nueve años, no somos animales. Los que suelen salir al campo tienen más de catorce o quince.

—Igual son menores…

—Sí, pero si no estudian algo tienen que hacer. Nuestros hijos, si llegar a ser buenos productores el día de mañana, no pueden empezar a formarse cuando sean mayores de edad. Es una boludez.

 

***

El día ya no alcanza para nada porque es de noche. Hay que cocinar, bañarse, dejar la ropa remojada en una palangana y sin dar muchas vueltas irse dormir porque mañana domingo es el día de paga.

Los encapuchados entran al barrio más dormidos que cuando salieron. El colectivo, que huele a todo, cruza las vías y recorre una villa de casas bajas sin revocar. Es una especie de ghetto con baldíos de pastizales altos y calles de tierra que hoy tienen más movimiento que lo habitual.

Mañana es el Día de la Independencia de Bolivia y al fondo del barrio preparan una enorme fiesta. Según el último Censo, todo el valle del Río Colorado hay más de 4000 familias de origen boliviano, y muchas de ellas llegarán para bailar danzas caporales, comer maíz inflado, tomar chicha y mascar hojas de coca.

—Los bolivianos ya no solo están del otro lado de la vía. Están por todos lados, por donde mires siempre hay. Pero a mí no me molestan, qué sé yo. Tampoco tengo mucho trato —dice Fabio, treinta y siete años, comerciante.

—En el centro se los ve cada vez más. Tienen alguna que otro bolishopping o una verdulería. Después los ves en la plaza central, en el predio del ferrocarril o a la costa del río. ¡Ah!, y no vayas al hospital porque está lleno todos los días… —dice Elvira, sesenta y cuatro años, jubilada.

—Estos bolitas hijoeputas vienen a sacarnos todas la tierras y a quitarnos el laburo. Es una vergüenza y una lástima en lo que se ha convertido el pueblo —comenta Raúl, cuarenta y cinco años, empleado administrativo.

Mientras tanto, en la villa, Severo tiene en claro que al final del día solo debe rendirle cuentas a los más de treinta trabajadores subieron a su cuadrilla. Y a nadie más en todo el pueblo.

—Nosotros vinimos pobres, vivimos como pobres, trabajamos como pobres y todavía seguimos siendo pobres. La única riqueza está en la tierra argentina, pero estos argentinos no se dan cuenta.